domingo, 23 de septiembre de 2007

Cuando el medio es el mensaje.

Marshall McLuhan sostenía a mediados del siglo XX que el avance tecnológico que se marca en la evolución de las comunicaciones llevaría a los medios electrónicos, en especial la televisión, a producir un impacto tan importante que superaría al material comunicado; para este autor canadiense, dueño de la expresión “aldea global”, los libros (en general el material impreso) serían reemplazados por los medios electrónicos y de información audiovisual. A decir de McLuhan, “el medio es el mensaje”.

No estamos tan lejos del pronóstico. El afianzamiento de Internet no haría más que comprobar esta teoría. Pero al aludir a este concepto la referencia se orienta hacia una apreciación diferente. Haciendo una paráfrasis de la frase, hablar de “cuando el medio es el mensaje” es estar frente a la exposición de un determinado medio e inferir anticipadamente de qué se trata el mensaje. A cuando el ejercicio del poder se manifiesta en la manipulación de medios de comunicación, y desde ese mismo poder se elige qué se puede decir y quién lo puede escuchar, haciendo que un receptor independiente comience a percibir de antemano que es lo que ve, lee o escucha.

El ejercicio de liderazgo tiene su apoyo en un control de las comunicaciones. Una comunicación asertiva es una evidente ventaja diferencial en este aspecto; saber comunicar lo que se propone es tan importante como el contenido mismo de la propuesta. Pero en esta realidad que vivimos la apreciación suele ser distinta. Muchos líderes sociales y políticos parecen no conformarse con una comunicación eficaz de su parte y optan por volver ineficaz las comunicaciones de los demás. Se aseguran su condición de líderes a través de la manipulación de contenidos, de la compra de voluntades, del cierre de medios, etc. Muchos de estos líderes no toleran la crítica (un archivo muchísimo menos) y hacen todo lo que está a su alcance para encausar el flujo informativo y someter a su voluntad la visión de los medios de comunicación.

El control de los medios ya sea por intervención política, por hostigamiento ideológico o por uso inapropiado de pauta publicitaria no hace más que degradarlos. Cualquier intervención indebida que se realice hacia una institución como la prensa la vuelve vulnerable, haciéndola caer en la peor de las posiciones de la sociedad: el descrédito.

Lamentablemente esta pérdida de credibilidad hoy llega a hacerse evidente en muchos aspectos, y quienes quedan allí expuestos ingenuamente parecen querer que el público crea todo lo que se le dice, atentando contra su inteligencia; como si repetir cien veces una mentira la convirtiera en una verdad.

No podemos ser cómplices de una mentira. Debemos abandonar la posición de receptor pasivo. De toda la información que nos tiene como blanco nuestra opción es la de elegir qué es lo en verdad relevante, más allá del discurso dominante.

Mereceríamos contribuir con el pensamiento de Jürgen Habermas, en su Teoría de la Acción Comunicativa, cuando imagina un futuro donde la razón y el conocimiento trabajen en pro de una sociedad mejor, un futuro donde la comunicación humana no esté sujeta a la dominación del Estado y los ciudadanos puedan actuar de una forma libre en el ámbito político. Un futuro donde realidad y ficción no se determinen por decreto.

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