
Heráclito de Éfeso, fue un filósofo griego que vivió hacia comienzos del siglo V a.C. Se lo suele incluir dentro de los primeros filósofos físicos que sostenían que el mundo procedía de un elemento natural. Para Heráclito ese elemento era el fuego, como lo era el Agua para Tales o el Aire para Anaxímenes.
El principio del fuego era referido como el movimiento y el cambio constante en el que se encuentra el mundo. Heráclito afirmaba que el fundamento de todo está en el cambio. Que todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. Allí la metáfora del fuego, lo consideraba como la sustancia primordial o principio que, a través de la condensación y expansión, crea los fenómenos del mundo sensible.
Pero su metáfora más conocida es en la que decía que nadie puede bañarse dos veces en el agua de un mismo río, porque todo fluye y la vida es cambio. “No se puede entrar dos veces en el mismo río”, tal como fue citado por Platón, es la mención que se hace de Heráclito al querer explicar que el mundo entero se encuentra en un estado de cambio constante.
Parménides de Elea, también fue un filósofo griego. Es considerado por muchos como el más importante de los filósofos presocráticos. Él, a diferencia de Heráclito, consideraba que el verdadero ser no admitía devenir o cambio alguno.
Mientras Heráclito veía el cambio como siempre presente y abarcándolo todo, Parménides negaba su existencia.
Hoy los que están dispuestos a mojarse en el río parecen no demostrar ningún cambio. Y los espectadores que los vemos chapotear desde las orillas tampoco estamos tan convencidos de ver alguno. Tal vez, como Heráclito y Parménides, ellos estén convencidos de que el cambio existe y nosotros no seamos capaces de llegar a admitirlo.
¿Por qué no vemos el cambio? La respuesta más obvia es porque no lo hay. Si el “cambio del cambio”, tal como lo promocionaban, era un nuevo gabinete de ministros ese cambio no llegó. Si el “cambio” era un nuevo protagonismo para la pluralidad política personificada esta vez en la figura de los radicales K y en especial en la del electo vicepresidente, esperemos sentados junto a Cobos ya que precisamente eso será lo que viene a hacer el mendocino durante los próximos 4 años en su silla del Senado. Si el “cambio” era una nueva serie de medidas económicas que contuvieran el problema de la inflación y mejoraran las relaciones con los distintos sectores económicos tampoco parece ser este el caso, al nuevo ministro de economía sólo se lo tuvo en cuenta en los medios porque gritó un gol de Argentina en un discretísimo triunfo ante Bolivia por eliminatorias y Moreno sigue firme en su cargo de matón en la Secretaría de Comercio Interior. ¿Qué cambió? La postura en relación al conflicto de las pasteras sigue siendo la misma, o sea ni sí ni no. Es decir: sí los apoyamos en su lucha porque es una “causa nacional”, pero le seguimos guiñando el ojo a Tabaré mientras él sigue auspiciando papeleras en la cuenca del Uruguay. La relación en el frente interno parte de ser similar a la del mandato anterior, si sos mi amigo y salís en la foto conmigo te aseguro obra pública; ahora si necesitás algo urgente y nos sos de los míos, despedite y andá esperando cuatro años (sentado, igual que el pobre Cobos).
¿Pero, por qué no hay cambio? ¿Por qué no se cumplen las promesas de cambio? ¿Por qué nuestra democracia sigue siendo tan propensa a la rutina despótica de un clan gobernante de turno?
En Latinoamérica parecemos repetir un modelo de gestión que permanentemente debilita las bases de la práctica democrática. Cada vez existen menos rasgos democráticos entre los gobernantes, y eso que dichos gobernantes son elegidos por la vía del voto popular. Las democracias del continente inspiran poca confianza, la falta de credibilidad entre sus dirigentes y su incapacidad para resolver la problemática de fondo en cada región hacen que se generen ciertas resistencias al cambio por miedo a perder parte de su propio poder político. Estas resistencias llevan a instituciones políticas ineficientes a perdurar en el tiempo y a mantener en sus cargos a personajes inútiles que sólo persisten en su puesto por voluntad de otro inútil que en algún momento los ubicó allí.
Nada cambia. Lo máximo que podríamos llegar a esperar es un “reciclado”, pero nunca una transformación. Los mismos nombres, los mismos apellidos, los mismos cargos, las mismas prácticas, las mismas sospechas, en definitiva: más de lo mismo.
Ese es su concepto del cambio. Ellos serán los mismos bañistas, pero el río ya no será el mismo. Y lástima que este haya sido nuestro río.

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