viernes, 11 de abril de 2008

La Fraternidad-Terror


Jean-Paul Sartre fue un filósofo, dramaturgo, novelista y periodista francés. Sin dudas uno de los principales representantes del existencialismo.

El existencialismo ha sido un movimiento de orden mundial que relaciona la teoría filosófica con la vida, la literatura, la psicología y la actividad política. En la obra existencialista de Sartre es posible enlazar la fenomenología de Husserl, la metafísica de Hegel y Heidegger, y la teoría social de Karl Marx.

Sartre aborda la realidad del ser humano a través de varias obras filosóficas, teatrales y literarias. En su primera obra filosófica, “El Ser y la Nada”, presenta al ser humano como capaz de crear su propio mundo al enfrentar a la autoridad que lo somete y aceptar la responsabilidad personal de sus acciones, sin utilizar ningún apoyo de la sociedad o de una fe religiosa. Según su teoría del psicoanálisis existencial los individuos cargan con una inexcusable responsabilidad al tomar sus propias decisiones, que hace que el reconocimiento de esa libertad individual la condición necesaria de la auténtica existencia humana.

En su última obra filosófica, conocida como “Crítica de la razón dialéctica”, afirmaba que la influencia de la sociedad moderna sobre el ser humano es tan grande que produce la serialización, lo que él interpreta como una pérdida de identidad. El poder, la libertad individual únicamente pueden recuperarse a partir de una acción revolucionaria colectiva.

Es entonces que Sartre se preguntaba cómo debía superar el individuo esa alienación y pensar en una libertar común. El grupo resultaba ese colectivo que supera las condiciones individuales de vida en un proyecto común. Su ejemplo era la multitud revolucionaria de la Revolución Francesa, ese era el modelo elemental de una multitud de libertades que se unían en un proyecto común, era el modelo de un grupo-en-fusión. Nuestro ejemplo es la multitud que se agolpaba en las calles en diciembre de 2001, con cacerolas en mano y al grito de “que se vayan todos”, consigna que exigía el surgimiento de una nueva política, de una nueva clase política, el nacimiento de una “estructura transversal” que unía las partes coincidentes de un sistema partidario caduco.

Así, en ese grupo-en-fusión un candidato logró unir en una hipotética segunda vuelta electoral todo un espectro político polarizado en contra del representante más notorio de la “vieja política”. Allí se sentaron las bases de esa nueva estructura transversal. Así se construyó el poder K. Su aparición casi sorpresiva, su renovada y poco protocolar imagen, sus alianzas de base multipartidaria y su apoyo a causas sensibles a la memoria nacional, fueron de gran aporte para las bases de este nuevo modelo.

Pero no todo dura para siempre. Según Sartre el grupo-en-fusión no puede durar, el grupo tiende a dotarse de estructuras permanentes por las que cada individuo trata de transformar el grupo-en-fusión en un grupo organizado en el cual cada uno pasa a ocupar una función. Es el compromiso por el que cada uno renuncia a su libertar para poder consolidar algo superior. Este compromiso constituye de hecho a cada uno como un hermano, pero concede al mismo tiempo el derecho de suprimir al otro por la violencia en caso de traición, es lo que Sartre entiende como la fraternidad-terror.

Hoy el pingüino mayor disciplina a fuerza de cheques o gritos a todos sus polluelos, cosa que ni siquiera el mismo Perón había podido hacer manteniendo en el nido a todos los hijos del movimiento. Los que antes fueron amigos (¿cómplices?) hoy se vuelven los más acérrimos enemigos. Y quienes en su momento quisieron revelarse a la autoridad K hoy se disciplinan, convirtiéndose en los mejores polluelos del nido.

La fraternidad-terror, tal como la llamó Sartre, es una nítida imagen de nuestra Argentina y el poder K. Hoy se castiga al “gran diario argentino” luego de haberse mostrado jocosamente en tapa junto a un ex-candidato ex-opositor ex-ministro ahora nuevo aliado. Hoy se utiliza como fuerza choque a la patota moyanista para que impida un corte de ruta luego de haber denostado a su líder dejándolo fuera de la lista de invitados en la asunción de nuestra presidenta. Hoy se llenan los actos con la misma fuerza de choque que vacía la Plaza de Mayo a trompadas sacando de esa plaza a los mismos manifestantes que con cacerolas y yendo gratis hicieron la base para que surgiera esta “nueva política”. Hoy quienes se jactan de haber hecho más que nadie por los derechos humanos aplican las retenciones al campo con una ley sancionada por un gobierno de facto en 1.981, siendo que esto debería ser potestad del Congreso.

La fraternidad-terror es el nuevo pacto político del poder de turno. Dentro de estas políticas de terror será de esperar entonces que a los opositores en vez de invitarlos a la inauguración del tren bala, los saquen a dar una vuelta en el tren fantasma.

lunes, 28 de enero de 2008

Heráclito vs Parménides



Heráclito de Éfeso, fue un filósofo griego que vivió hacia comienzos del siglo V a.C. Se lo suele incluir dentro de los primeros filósofos físicos que sostenían que el mundo procedía de un elemento natural. Para Heráclito ese elemento era el fuego, como lo era el Agua para Tales o el Aire para Anaxímenes.

El principio del fuego era referido como el movimiento y el cambio constante en el que se encuentra el mundo. Heráclito afirmaba que el fundamento de todo está en el cambio. Que todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. Allí la metáfora del fuego, lo consideraba como la sustancia primordial o principio que, a través de la condensación y expansión, crea los fenómenos del mundo sensible.

Pero su metáfora más conocida es en la que decía que nadie puede bañarse dos veces en el agua de un mismo río, porque todo fluye y la vida es cambio. “No se puede entrar dos veces en el mismo río”, tal como fue citado por Platón, es la mención que se hace de Heráclito al querer explicar que el mundo entero se encuentra en un estado de cambio constante.

Parménides de Elea, también fue un filósofo griego. Es considerado por muchos como el más importante de los filósofos presocráticos. Él, a diferencia de Heráclito, consideraba que el verdadero ser no admitía devenir o cambio alguno.

Mientras Heráclito veía el cambio como siempre presente y abarcándolo todo, Parménides negaba su existencia.

Hoy los que están dispuestos a mojarse en el río parecen no demostrar ningún cambio. Y los espectadores que los vemos chapotear desde las orillas tampoco estamos tan convencidos de ver alguno. Tal vez, como Heráclito y Parménides, ellos estén convencidos de que el cambio existe y nosotros no seamos capaces de llegar a admitirlo.

¿Por qué no vemos el cambio? La respuesta más obvia es porque no lo hay. Si el “cambio del cambio”, tal como lo promocionaban, era un nuevo gabinete de ministros ese cambio no llegó. Si el “cambio” era un nuevo protagonismo para la pluralidad política personificada esta vez en la figura de los radicales K y en especial en la del electo vicepresidente, esperemos sentados junto a Cobos ya que precisamente eso será lo que viene a hacer el mendocino durante los próximos 4 años en su silla del Senado. Si el “cambio” era una nueva serie de medidas económicas que contuvieran el problema de la inflación y mejoraran las relaciones con los distintos sectores económicos tampoco parece ser este el caso, al nuevo ministro de economía sólo se lo tuvo en cuenta en los medios porque gritó un gol de Argentina en un discretísimo triunfo ante Bolivia por eliminatorias y Moreno sigue firme en su cargo de matón en la Secretaría de Comercio Interior. ¿Qué cambió? La postura en relación al conflicto de las pasteras sigue siendo la misma, o sea ni sí ni no. Es decir: sí los apoyamos en su lucha porque es una “causa nacional”, pero le seguimos guiñando el ojo a Tabaré mientras él sigue auspiciando papeleras en la cuenca del Uruguay. La relación en el frente interno parte de ser similar a la del mandato anterior, si sos mi amigo y salís en la foto conmigo te aseguro obra pública; ahora si necesitás algo urgente y nos sos de los míos, despedite y andá esperando cuatro años (sentado, igual que el pobre Cobos).

¿Pero, por qué no hay cambio? ¿Por qué no se cumplen las promesas de cambio? ¿Por qué nuestra democracia sigue siendo tan propensa a la rutina despótica de un clan gobernante de turno?

En Latinoamérica parecemos repetir un modelo de gestión que permanentemente debilita las bases de la práctica democrática. Cada vez existen menos rasgos democráticos entre los gobernantes, y eso que dichos gobernantes son elegidos por la vía del voto popular. Las democracias del continente inspiran poca confianza, la falta de credibilidad entre sus dirigentes y su incapacidad para resolver la problemática de fondo en cada región hacen que se generen ciertas resistencias al cambio por miedo a perder parte de su propio poder político. Estas resistencias llevan a instituciones políticas ineficientes a perdurar en el tiempo y a mantener en sus cargos a personajes inútiles que sólo persisten en su puesto por voluntad de otro inútil que en algún momento los ubicó allí.

Nada cambia. Lo máximo que podríamos llegar a esperar es un “reciclado”, pero nunca una transformación. Los mismos nombres, los mismos apellidos, los mismos cargos, las mismas prácticas, las mismas sospechas, en definitiva: más de lo mismo.

Ese es su concepto del cambio. Ellos serán los mismos bañistas, pero el río ya no será el mismo. Y lástima que este haya sido nuestro río.